Paco Cañamero
Ahora, la ilusión ha vuelto a brotar en mi manantial de periodista. El viernes escribí la primera columna en El Adelanto. Fue un saludo y una especie de recuerdo en el diario que comencé a escribir hace más de 20 años al lado de grandes figuras.
Por cierto en el blog debí plasmar mi opinión sobre la tarde de José Tomás en Barcelona (la crónica la hice para el semanario Aplausos), pero aquí en este espacio ese día hay que dejarle todo el protagonismo a Víctor, que vivió una jornada feliz y en la que hay una cosa que nadie ha dicho y no me gustaría que quedase en el aire. Se trata de que José Tomás en ningún momento se vino abajo y aguanto como un tío la corrida de seis toros en la que como bien dice Víctor no hubo una faena redonda, pero fue una gran tarde de toros. Ah, tampoco olvidéis que muchas de las grandes figuras fracasaron en sus encerrones con seis toros.
A lo que íbamos, la primera columna en El Adelanto es la siguiente:
Aquí un amigo
Hoy vuelvo sobre los mismos pasos que comencé a caminar en esta profesión. Ahora dejo volar los recuerdos de estas huellas para hurgar en la época donde todo eran ilusiones, a la par que, en esta misma casa, se trazaban los planos del futuro. Era el final del viejo El Adelanto, cuando la propiedad todavía estaba en manos de la familia Núñez Alegría, justo cuando empezaba a labrarse la besana de este oficio, tan hermoso como apasionante, pero en ocasiones con tantas piedras, que aparecen de forma imprevista y atascan el arado.
Tiempos en los que sobresalía la personalidad de Chuchi Moneo, el maestro de periodistas, a la par que comenzaba a conocer a otras personas que acabarían siendo claves. Como Carlos Perelétegui, con sus casi dos metros de humanidad y su porte distinguido que marcaba escuela como un brillantísimo crítico y con quien la admiración acabó convertida en una fiel amistad. Fue la misma época en la que mantenía largas conversaciones con Enrique de Sena, el mejor periodista de Salamanca en el siglo XX, quien mantenía el cordón umbilical con el diario en la deliciosa columna que bautizó como ‘Café con gotas’. Ya muy mayor y preocupado, sobre todo, de poner en orden su voluminosa librería, compartí inolvidables paseos a su lado, que acabaron siendo lecciones, entre la distinguida belleza de nuestro Barrio Antiguo.
O con el genial Alfonso Navalón, amigo desde mucho antes y quien facilitó mi entrada en el periódico. Junto a él, cuando llegaba la Feria de septiembre siempre veníamos a escribir la crónica a la Gran Vía, para ganar tiempo porque la redacción estaba en Santa Marta. Solamente recordar esos años uno se siente sobre su alma el peso del tiempo, pero con el orgullo de haber formado parte de un periodismo que hoy apenas entienden las nuevas generaciones. Era cuando escribíamos las crónicas en viejas máquinas ‘Olivetti’ y después un teclista las ‘picaba’ para que Chuchi Moneo las ‘enquiquerase’ en su espacio asignado.
Desde entonces el tiempo ha deshojado muchos calendarios, tanto como dos décadas, que en este viejo oficio de contar cosas es mucho. Uno, como quien dice, estaba recién llegado a esta profesión a la que ha entregado apasionadamente los mejores años, siendo partícipe de que la vida ha dado muchas vueltas en su particular noria y la mayoría de los personajes mencionados duermen el sueño eterno con la grandeza viva de su obra viva. Otros tomaron distintas sendas en el laberinto que se abre cada mañana. Ese laberinto tan difícil de descifrar y que nunca sabes dónde estará la salida para abandonar las esclavas paredes que aíslan de la libertad.
Hoy llega el feliz reencuentro con estas entrañables páginas en las que uno aprendió a volar y a enamorarse perdidamente de esta profesión a la sombra de grandes maestros. Por eso, antes de llegar al final tiendo la mano para decir: ‘Aquí un amigo”.
sábado 11 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
Suerte. Ahora lo que hace falta es que la web del diario empieze otra vez a funcionar para que te podamos seguir tus lectores de fuera de Salamanca.Un saludo.
No hace falta que te diga, compañero del alma, compañero... que mereces todo lo mejor. Que allá donde esté tu pluma, estarán mis ojos. Que yo también comencé en El Adelanto, con grandes maestros, como tú sabes y has nombrado, y en cuyo grupo de letras mayúsculas... te incluyo. Gracias por haberme enseñado tanto trabajando a tu lado. Y sí... aunque sea en la distancia... AQUÍ UNA AMIGA.
Arancha Martín
Publicar un comentario en la entrada